Antes de entrar en el ajo, entonemos un mea culpa colectivo en favor de los organizadores de eventos culturales y en contra de la prensa y su odiosa tendencia a contextualizar las cosas cómo le da la real gana y sin hacer justicia en muchas ocasiones a quien lo merece por haberse dejado los cuernos, las neuronas y probablemente un dinerito fresco en la producción de un evento, digamos, como el Copyfight.
Todo este rollo tiene sentido, no crean. La semana pasada pudimos disfrutar en el Centro de Arte Santa Mónica de Copyfight Revisited, el segundo ataque de las jornadas sobre propiedad intelectual e Internet organizadas por los chicos de Elástico y Oscar García Ascaso. Lo vuelvo a contar por si alguno de ustedes es nuevo en este blog y no conocía la existencia del evento, y de paso porque me permite explicar mi teoria de la penetración a través de la repetición. Y no estoy hablando de sexo. Explico esto y vuelvo al hilo que planteaba al principio.
Del mismo modo en que la radio (y la tele, y los grandes portales de la Red, y los centros comerciales, y las tiendas, y las salas de espera…) consiguen llegar al gran público con una canción objetivamente mala (casi siempre malísima) repitiendo su emisión una y otra vez hasta alcanzar el número de impactos deseado (o sea, hasta reblandecer el córtex colectivo), la gente de Copyfight ha repetido jornadas sin grandes novedades temáticas pero con la inteligente pretensión de conseguir algo parecido: hacer llegar un mensaje que no es fácil de asimilar, ni tiene una defensa cómoda, sobre todo en estos tiempos donde uno es pirata en cuanto abre la boca y no pertenece a la cúpula de la SGAE, al mayor número de su público posible. Si idea es esa: llegar al público que interesa repitiendo el concepto cuantas veces sea necesario, Copyfight es necesario y por tanto se repite cuanto haga falta. ¿No era eso?
Resulta curioso, decía, que justo en esta segunda edición el programa fuera más bien limitado. Me refiero a que en una primera edición (mucho más exitosa en terminos de asistencia), las estrellas del cartel eran nombres de prestigio internacional como Lawrence Lessig, John Perry Barlow o Cory Doctorow, mientras que en esta nueva, los ponentes eran todos españoles y casi casi de la casa Elástico. No quiero decir con ello que fueran malos ponentes, o ponentes poco interesantes, sólo que casi todos ya conocemos el discurso de Nacho Escolar, Marta Peirano, José Luis de Vicente, David Casacubierta y un tipo de pelo largo y barba que ocupaba una silla en la primera fila y que de tanto intervenir en el turno de preguntas deberíamos considerarle un ponente más. La novedad había que buscarla en el artista danés Mogen Jakobsen, que con su instalación Crime Scene (en la foto, vía Sospechosos Habituales) ha puesto en jaque técnico a instituciones políticas y policía de varios países. Suerte que en Barcelona no vinieron los Mossos, tengo entendido que últimamente están más bien duros.
Resulta curioso, decía, y con esto termino, que cuando la segunda edición de Copyfight no contaba con grandes nombres internacionales en su haber, tenga una repercusión mediática más importante que en su estreno. Precisamente hoy publica La Vanguardia un artículo (mañana seguirá existiendo, pero pedirá registro) con un titular que no surge a partir alguna intervención en concreto, sino que acude directamente a la fuente, a la madre del cordero (se entiende, el Copyfight) y explicando (por vez primera) el significado y objetivo de estas jornadas con nombre que suena de algo pero mosquea. El caso es que en la anterior edición, aquella con más nombres atractivos que un FIB en décimo aniversario, apareció en La Vanguardia (de pago) y ElPaís de un modo más bien somero, como si los oradores de los que se hablaba hubieran venido a Barcelona a contar sus experiencias por motus propio.
En fin, creo que voy a dejarlo en este punto, parece que ya estamos divagando de nuevo. En cualquier caso, me alegra leer hoy el diario y encontrar artículos que merecen la pena. Es una buena noticia, felicidades.
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